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ISSN 1989-4163

NUMERO 33 - MAYO 2012

¿A qué Huele? A Recuerdo

Stephany da Costa

Como todas las mañanas subiste al elevador sin siquiera mirar a los lados. Te dispusiste dentro como una muñeca en su caja, uniéndote a esa triste composición de funcionarios grises, más grises hoy por sus trajes de invierno.

Te sacudiste la gabardina, como por descuido, para quitarte las gotas de agua que la lluvia ligera te había rociado hace sólo unos instantes.  Algunas fueron a parar sobre los documentos del hombre más próximo a ti, pero ninguno de los dos dijo nada. Marcaste la sexta planta. Antes de que cerraran las puertas, notaste que el elevador estaba repleto, y con una mueca discreta te lamentaste por un lunes más en tu vida.

Justo antes de llegar al primer piso lo sentiste, como si fuera intermitente, como jugando contigo, aquel olor a colonia te llegó y se fue, haciéndote abrir los ojos en demasía y despegando algo dentro de ti que te sacó de tus meditabundos despertares. 

Hacía años que no lo sentías.  Al primer contacto creíste no recordar por qué te era tan familiar esa fragancia.  Te mentiste, algo muy usual en ti, porque al segundo contacto, ese olor desquiciante te trajo, como olas, los recuerdos de quien fuera el portador de ese sublime embrujo.  Cerraste los ojos, y viste como a cada bocanada de aire, la imagen se hacía clara dentro de ti, como si se proyectara una película antigua en tus sienes.  

Estabas desnuda, en la cama.  Él no estaba cerca, no te veía, o al menos eso creíste, entonces tomaste su almohada y abrazándola fuertemente te la llevaste a la cara y aspiraste. Aquel olor penetrante se apoderó de tus pulmones y sentiste que era tan tuyo, que en vez de salirte por la boca comenzó a emanar despacio por cada poro de tu piel.  Y así lo deseaste.
Sin darte cuenta, y como una cadena sin sentido, comenzaste a evocar sus brazos, su pecho, el color de sus sábanas, y la guarida secreta en que llegó a convertirse su cuarto.  Tu mente, en una especie de juego perverso, evitó los posibles rencores y adioses, y te llevó de la mano entre conversaciones ya perdidas, y besos con más de una parte del cuerpo como protagonista.

El olor siguió su vaivén desquiciante, como queriendo recordarte lo rápido que vino y se fue, queriendo alejarte de ese ahora agobiante de funcionarios con corbatas. Y entonces el deseo desesperado, guardado desde hace tantos años, volvió a salir a flote, y te preguntaste casi sin ser consiente, si el hacedor de tus pecados de niña podría estar allí otra vez. Te pareció escuchar su voz  resonando desde algún lugar detrás de ti “Alicia, mi amor”. Abriste los ojos expectantes, pero ya estabas en la sexta planta, y eras la única que quedaba en el elevador.
    

Stephany

 

 

 

 

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